Intervenciones ante la Diputación Permanente de las Cortes reunida en París 31 de marzo y 1 de abril de 1939

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Intervenciones ante la Diputación Permanente de las Cortes reunida en París 31 de marzo y 1 de abril de 1939

 

Intervenciones ante la Diputación Permanente de las Cortes reunida en París 31 de marzo y 1 de abril de 1939

 
Diario de sesiones de la Diputación Permanente de Cortes, ( 1)
 
El Sr. NEGRÍN: Ante todo, cumpliendo un deber de obligada cortesía, quiero dirigir un saludo cordial a los compañeros de representación parlamentaria que se encuentran ahora aquí reunidos conmigo. Después, siguiendo las indicaciones del Sr. Martínez Barrio, Presidente de la Diputación Permanente y Presidente de las Cortes, que con su sagacidad habitual ha sabido poner las cosas en su sitio, yo me voy a permitir colocar los caballos antes del carro, y para colocar los caballos antes del carro yo tengo que suscribir las palabras dichas por el Sr. González López. Es preciso que yo sepa si yo ante ustedes estoy aquí como Jefe del Gobierno o no. Porque si no estoy como Jefe del Gobierno, estoy de más aquí. Y nada más. (...)
 
El Sr. NEGRÍN: Yo quiero ante todo advertir que como jefe del Gobierno y únicamente como jefe del Gobierno, comparezco ante los señores que forman parte de la Diputación Permanente de las Cortes, sin que esto signifique que yo no haga reservas, como ciudadano, como diputado y como jefe de Gobierno, a un posible funcionamiento anormal de la Diputación Permanente de las Cortes fuera del territorio nacional. Comparezco para exponer y explicar los acontecimientos que han tenido lugar después de la última reunión del Parlamento en Figueras en la que el Gobierno tuvo por unanimidad, la unanimidad de todos los que entonces estuvieron presentes allí, la aprobación para su gestión pasada y para la gestión que anunciaba y después ha desarrollado, y que ha sido aquélla que recibió la aquiescencia del Parlamento, órgano legítimo y auténtico de la Soberanía Nacional.
 
A mi llegada a París, no a mi llegada sino al día siguiente de mi establecimiento en París, tan pronto como averigüé la dirección del Sr. Presidente de las Cortes, fui, como era mi deber de cortesía y de jefe del Gobierno, a visitar al Sr. Martínez Barrio, y le expuse mi deseo de comparecer ante las representaciones políticas de los partidos y ante los miembros de la Diputación Permanente para exponer lo acaecido en la zona Centro Sur y enhebrar estos hechos con los que se habían sucedido en la Región catalana, así como para dar cuenta de la gestión del Gobierno. Se fijó un día en que, por circunstancias ajenas al Sr. Martínez Barrio y a mí, no pudo celebrarse esta reunión, y luego, tan pronto el Sr. Presidente de las Cortes me ha indicado una fecha, yo he accedido inmediatamente, con sumo placer, y con igual placer, a pesar de estos pequeños escarceos previos, estoy aquí ante ustedes.
 
 
 
Yo no quiero entrar en un tema que aquí se ha tocado, pero sobre el que si se hubiera tomado una resolución y si la resolución hubiera sido en un sentido determinado, debo confesar que me habría visto imposibilitado de seguir aquí. Yo voy solamente a explicar a ustedes qué es lo que ha sucedido en nuestra desventurada Patria, visto siempre desde la plataforma que el Gobierno tiene y que es menos unilateral, cuando desde ella se sabe observar y ver, que la que puede tener el espectador corriente. Y para ello tengo que recordarles cuál ha sido la política del Gobierno desde que yo he tenido el honor de aceptar su jefatura, en contra de mi voluntad y por un mandato imperativo del deber.
 
Para los amigos que han tenido ocasión de vivir a mi lado hace años, no les será difícil comprender la trayectoria que yo he querido darle a la política del Gobierno, desde que, de una manera más bien nominal y teórica, he tenido en mis manos su dirección. Yo, a pesar de mi posición política que algunos han encontrado extremada, he creído siempre que la política de convivencia y conciliación era una necesidad absoluta en mi país, y que debe llegarse a todos los sacrificios, a todos, antes de hacer quebrar este espíritu de conciliación y de convivencia y llegar a una situación revolucionaria con sus consecuencias de caos y de exterminio como el que todos hemos presenciado en nuestro país durante dos años y medio. Y no porque a mí me repugnen las revoluciones, no. Las haría siempre que pudiera; pero el hombre que se lanza a una revolución tiene que tener la certeza y la seguridad de que hay grandes probabilidades de triunfo en ella y tiene que haber hecho una labor de preparación para asegurar este triunfo. Pero no se puede ir a una revolución jugando con la vida y los intereses de los ciudadanos como quien juega una partida de póker.
 
En mayo de 1937 convinieron los partidos políticos y decidió el Jefe del Estado que yo era quizá la persona más adecuada para dirigir en aquellos momentos los negocios del Estado. Yo no lo creía, pero me atrevo a decir a ustedes, después de la experiencia de estos dos años y medio, que quizá me equivoqué un poco. Yo no digo hoy que fuera la persona adecuada, pero posiblemente una de las más adecuadas, no por lo que a mí personalmente se refiere, sino por la política que yo defendía. Estoy seguro de ello.
 
¿Qué es lo que yo propuse entonces? Lo que me propuse, no diciéndolo y pregonándolo a los cuatro vientos, porque no se puede ir a un escenario, cuando se es hombre de Estado, a decir cuáles son los propósitos y anhelos secretos que uno tiene, sino que hay que moldear y plasmar previamente el ambiente necesario para su realización. Pues bien, mis propósitos fueron crear una posibilidad de reconciliación y de reconstrucción de España que no ha habido nunca; problema sobre el que han pasado los partidos que han intervenido la vida política del Estado de comienzos del siglo XX hasta acá sin la atención debida, porque no han sentido que España es el patrimonio del conjunto de los ciudadanos españoles y que para ello era necesario, sobre todo en difíciles circunstancias como las pasadas, crear un clima propicio para llegar a una paz interior. Nuestros propósitos eran justamente hacer nacer en nuestra zona y en la zona de los adversarios un ambiente y convencer al extraño imparcial de que ése era nuestro deseo. Y, ¿qué se ha hecho a ese respecto en nuestra zona? ¿Nos hemos olvidado de lo que ha pasado en julio, agosto y septiembre de 1936 y siguió pasando hasta mayo de 1937? ¿Es que se podía hablar entonces en nuestro país de tolerancia, de comprensión, de sentido nacional, de convivencia, de reconciliación? ¿Es que hubiera podido yo en mayo de 1937, cuando tomé el poder, hablar de lo que he podido hablar y de lo que he podido realizar un año después? Yo traté de convencer a la opinión pública y a los partidos políticos de esa necesidad y de hacer surgir el anhelo de llegar a una solución realizando un esfuerzo de mutua tolerancia y comprensión. De otra manera no era posible llegar a una paz. Y efectivamente, la guerra ha terminado ahora, pero la paz no ha venido, y yo quería restablecer y asegurar la paz.
 
No sé cuál será la opinión de los demás sobre la labor política que el Gobierno ha realizado. Sí sé cuál es la mía. Y yo tengo por seguro que todas las manifestaciones y declaraciones del Gobierno, en el fondo no han sido nunca más que un programa de paz que brindábamos a nuestros enemigos y que todas esas declaraciones han constituido un estímulo eficaz para nuestros combatientes y que así hemos realizado una labor eficaz, una labor que nos ha permitido sostener durante dos años y medio la guerra y que por lo tanto, hemos llevado a cabo una obra patriótica y española.
 
¿Qué hemos intentado hacer nosotros entre nuestros adversarios? Hemos tratado de crear también el ambiente propicio hasta llegar a una solución de paz. ¿Cómo lo hemos hecho? Yo no voy a descubrir aquí a quienes por creer que servían a España se prestaron entre nuestros enemigos a colaborar con el Gobierno en sus fines de conciliación. Pero sí puedo señalar que con nuestra propaganda, de la que habíamos suprimido todos aquellos términos que crean un encono permanente y que hubieran hecho imposible llegar a una solución de paz, logramos un acercamiento efectivo de importantes sectores del campo adverso.
 
 
¿Y qué hemos hecho nosotros en el exterior, fuera de España, ya que esta lucha de España no ha sido más que el reflejo y una etapa de una gran lucha internacional? Nosotros hemos procurado que toda esta campaña, origen del odio desencadenado contra la República española, se contrarrestara demostrando que no éramos nosotros, cual se pregonaba, energúmenos feroces que buscábamos la destrucción de la cultura humana, sino que queríamos defender solamente nuestro país y que España fuera para los españoles. Señores, yo creo que bastante hemos logrado en ese sentido. Aquellos de ustedes que lo hayan podido seguir de cerca, habrán podido apreciar la evolución y el cambio de la opinión pública mundial y hemos actuado no sólo cerca de neutrales y amigos, sino cerca de nuestros enemigos. Yo no he vacilado en entrar en relaciones con algunos de ellos. ¿Cómo iba a vacilar, si con ello intentaba conseguir la descomposición del frente contrario y llegar a una solución de paz favorable? Porque yo lo que he querido siempre es conseguir la paz. Pero la paz no se logra diciendo: yo me entrego o entrego a los que luchan conmigo. Y cuando en un momento trágico y terrible el Gobierno creyó que se contaba por horas la vida de la República, en abril de 1938, yo estimé que era mi deber intentar salvar lo que se pudiera en gentes y en dignidad y el Gobierno logró algo que nadie hubiera creído se lograra nunca, que fue prolongar durante un año más la resistencia. En ese año cambió bastante el mundo. Y hemos estado a punto de ganar la guerra. Pues bien, aún después de perdida Cataluña, hubiéramos podido quizá perder la guerra pero salvar por lo menos el decoro y no sacrificar cobardemente a nuestros camaradas de lucha.
 
En el año 1938 hemos estado a punto de ganar la guerra. Si el material que hemos recibido con retraso hubiera venido antes, si ese material lo hubiéramos tenido cuatro meses antes, quizá la ofensiva del Ebro hubiera sido el final de la guerra. Si lo hubiéramos tenido tan solo dos meses antes, Cataluña no se hubiera hundido como se hundió.
 
Si aún después de la caída de Borjas Blancas —momento en que nuestro Ejército de Cataluña tenía treinta y siete mil fusiles— si aún después de la caída de Borjas Blancas, nosotros hubiéramos recibido los medios que necesitábamos, es casi seguro que Barcelona no se habría perdido. Y —como siempre— el material escaso que venía llegaba tarde, pero esta vez con menos suerte, no lo bastante a punto para podernos salvar. Gran parte del material ha caído, muchas veces, en manos del enemigo sin desembalar siquiera.
 
Aún después de la caída de Barcelona, Cataluña se podía haber salvado y con ello se habría ganado la guerra, porque a mí no me cabe la menor duda de que, si nosotros hubiéramos podido resistir durante seis, ocho o diez meses más, las cosas habrían cambiado completamente. Resistir, ¿para qué? ¿Para entrar triunfalmente en Burgos? Nunca hemos hablado ni pensado en ello. Señores, proclamar una política de resistencia implica el confesar que no se cuenta con medios para aplastar al enemigo, pero que causas superiores obligan a luchar hasta lo último, y para ello es necesario estimular y alentar el ánimo bélico de los combatientes.
 
Nosotros defendíamos cosas esenciales para nuestro país, porque considerábamos que España en manos de Franco marchaba a su perdición y hundimiento. Y de esta convicción sigo participando hoy, pero yo les confieso que quisiera equivocarme y que el triunfo de Franco resultara provechoso a nuestra patria. El interés de España lo antepongo a toda consideración política de partido. Mas mi arraigado convencimiento me decía que había que resistir también para no perecer, porque era ciego el que no viera que el triunfo de nuestros enemigos significaba el aniquilamiento de todos los que estaban luchando a nuestro lado. Había que salvarles, por ellos pero también por el interés de España, ya que si nosotros hubiéramos triunfado no se hubiera seguido una política de represalias ni de persecuciones, pues ésa era la orientación que seguía el Gobierno con el beneplácito de la opinión pública; pero si en España se sigue, como se está haciendo ahora, con la política persecutoria de los primeros meses de la guerra, se irá al hundimiento de España, porque el germen de rencores y de odios que dejará tras sí, será de tal naturaleza, que su huella no desaparecerá. Y a mí me interesaba mucho la vida de nuestros camaradas de brecha, pero no me interesa menos la vida de España. Era esto lo que constituía la base de la política de resistencia. Seis u ocho meses más de resistencia, que eran posibles, hubieran forzado a nuestros enemigos a cambiar de rumbo y de orientación y el resultado de la guerra hubiera sido distinto.
 
Ya se juzgarán en su día las faltas o errores militares o políticos del Gobierno. Hoy no hay aquí elementos para ello; pero sí les quiero recordar que cuando en Figueras, ante el Parlamento, expuse, considerando ya la imposibilidad de lograr militarmente el triunfo en la guerra, cuál eran los fines por los cuales el Gobierno sostenía y mantenía la lucha hasta el último extremo, los concreté en estos tres puntos:
 
Primero. Asegurar la independencia de España. Segundo. Garantizar que sobre la organización política de España iban a ser solamente los españoles los que decidieran y no los extranjeros o un poder dictatorial y personal. Tercero. Lograr que no hubiera persecuciones ni represalias y que se permitiera la evacuación de los elementos que se sentían más amenazados.
 
En esta política del Gobierno, en estos tres puntos, no existe ninguna contradicción con la línea general ni con la trayectoria que el Gobierno había seguido. Al contrario. Nosotros hemos pensado, desde el primer momento, que nuestra lucha en España no era más que una parte del juego general de la lucha entre los distintos imperialismos: el imperialismo democrático y el imperialismo totalitario que se disputan hoy la hegemonía del mundo. Más tarde vendrán otras luchas y otros problemas, pero de momento es ése el problema. Y en esa lucha, lo que al interés de España convenía era, por encima de toda consideración política, la derrota del imperialismo totalitario. España a pesar de su personalidad bien marcada para resistir, no está en condiciones de soportar el dominio, la influencia y la intervención de potencias totalitarias como Italia y Alemania, sin correr el grave riesgo de su desaparición como entidad nacional y estatal. Y era esto lo que me preocupaba esencialmente.
 
Las dictaduras totalitarias provocaron nuestra fratricida contienda, excitando los ánimos y estimulando toda demagogia, lo mismo de derecha que de izquierda. Lo mismo que lo hicieron en nuestro país, del mismo modo están suscitando análogos problemas que amenazan la paz en Palestina y en Croacia. Como hicieron lo de Austria y lo de Checoslovaquia lo preparan en Polonia y países bálticos. Y lo mismo en América, y de la misma forma en Inglaterra, induciendo a una serie de atentados que encubren bajo el manto de una exaltación nacionalista. Es una mano oculta que lo maneja todo y todo lo perturba y los infelices e ingenuos españoles, nos hemos dejado cándidamente enfrentar unos con otros. Nuestro caso no es más que uno de los tantos que están ahora surgiendo con una rapidez nunca vista en la Historia.
 
Basados en los tres principios que nosotros considerábamos como esenciales e indispensables para llegar a una solución de paz —que así es como se le dice al enemigo que se busca la paz y no pidiéndola de hinojos— nosotros empleábamos todos los resortes que estaban a nuestro alcance.
 
Últimamente en Figueras tuve la oportunidad de hablar varias veces con el Ministro del Reino Unido, Sr. Stevenson, y con el Embajador de Francia, Sr. Henry. Algunas de ellas en presencia del Ministro de Estado y dos días antes de salir del territorio catalán, conjuntamente con el Sr. Stevenson, el Sr. Henry, el Ministro de Estado y yo, tratamos de las posibles condiciones de paz. Y recalqué que el Gobierno había condensado en los tres puntos expuestos en Figueras y aprobados por el Parlamento, las condiciones para hacer la paz. Las dos primeras: Independencia nacional y que los españoles decidirían de su régimen, las suscribirían sin duda todos los españoles, aunque en la apreciación de su cumplimiento fuera imposible la coincidencia entre los facciosos y nosotros y por lo tanto nos limitábamos a mantener el principio, reconociendo que la marcha de la guerra no nos permitía exigir los términos en que las considerábamos aseguradas.
 
Mas había una tercera condición sustancial y concreta que teníamos la obligación de exigir como esencial: la de que no hubiera persecuciones, la de que no hubiera represalias y la de que se permitiera la evacuación de todos aquellos elementos comprometidos que lo desearan. Y sobre ella nosotros nos mostrábamos intransigentes. Las dos primeras condiciones representaban una posición teórica, pero la última, queríamos nosotros saber para llegar a la paz, en qué forma se iba a realizar. Esto se comunicó a los Gobiernos de Francia e Inglaterra, que con su presión requerían de nosotros entráramos en «pourparlers». Y lo exigían como cuestión previa para dejar entrar a nuestras tropas en retirada. En ese instante nos vimos obligados a explicar al Gobierno francés e inglés cómo entendíamos nosotros que se podía llegar a una solución de paz, y ellos comprendían que en punto a las garantías reclamadas el Gobierno español fuera totalmente intransigente.
 
El Gobierno, en los primeros días de su estancia en Figueras, después de la salida de Barcelona, se dio cuenta de que estábamos abocados a una verdadera catástrofe, a una catástrofe infinitamente superior a la catástrofe que hemos sufrido con la retirada de la población civil y de los militares. Se dio perfecta cuenta de que quedaban muy escasas posibilidades de poder salvar la situación, pero el Gobierno sabía que era su deber buscar una posibilidad, si existía. La situación en la frontera se resolvió porque se logró que el Gobierno francés aceptara el paso de nuestro ejército, siempre que se retirara ordenadamente, y efectivamente, la mayor parte de nuestros combatientes y del material pudo entrar en Francia.
 
El Gobierno se dio cuenta de que había una misión a continuar en la Zona Centro, y efectivamente, después de haber aprobado el plan de evacuación del ejército presentado por el Estado Mayor y al día siguiente de salir de Cataluña, el Sr. Presidente de la República consideró terminada mi tarea en aquella zona y me propuso aprovechar un aeródromo catalán utilizable para salir con dirección a la Zona Centro Sur. Pero el jefe del Estado Mayor, el jefe del Grupo de Ejércitos y otros altos jefes militares me hicieron ver que después de haber abandonado Cataluña algunas altas personalidades, el estado moral del ejército era tal, que la noticia de la marcha del jefe del Gobierno podría producir un movimiento de pánico que podría frustrar la retirada metódica, conforme al plan establecido, que había de desarrollarse ordenadamente para cumplir el requisito exigido por el Gobierno Francés para la admisión de nuestro Ejército. Y me dijo el jefe del Estado Mayor, como síntoma del estado moral: Son tales los bulos que circulan, que he tenido que estar al teléfono todo el día de ayer para que oigan mi voz los jefes, se serene la gente y no se corra el peligro de que todo el mundo se marche de los frentes. Entonces decidí permanecer allí hasta el último momento, y permanecí hasta una hora y diez minutos antes de haberse puesto en mi último puesto de mando situado en los límites, la bandera monárquica.
 
Marché a Toulouse y salí después de vencer serias dificultades. Salí aquella misma noche para la Zona Centro, porque yo no quería de ninguna manera que en la Zona Centro pudiera decirse que el jefe del Gobierno había entretenido uno o dos días en Francia, después de su salida de Cataluña. Y lo hice así cumpliendo un deber pero en contra de todos los que me aconsejaban.
 
Llegué a Alicante cuando los periódicos publicaban la noticia de que el Ejército había evacuado totalmente Cataluña. Debo participar a ustedes que después de la salida de Barcelona, nuestras comunicaciones con la Zona Centro Sur fueron precarias, prácticamente nulas. Uno o dos aviones nos trajeron o llevaron algunos pliegos. Era imposible comunicarse por radio. Después me he convencido de que esto obedecía al plan de sabotaje preparado ya por el que ha sido jefe de la nueva insurrección facciosa, por Casado. Mi intranquilidad era grande porque yo no conocía lo que pasaba allí, y por alguna carta sabía que había un gran desasosiego, y sobre todo que se realizaba una labor de tipo sedicioso que podía dar los peores resultados. Cuando yo aterricé en el aeródromo de Alicante me dirigí al Gobierno civil e inmediatamente me puse en relación con las autoridades militares: El General Miaja, el General Matallana, los jefes de los distintos Ejércitos y el jefe de la Flota. Ya en el tono de las conversaciones telefónicas me di cuenta de que la llegada del jefe del Gobierno allí producía un gran descontento, como si significara el estropear alguna cosa que había convenida. Como digo, me llamó mucho la atención el tono frío y seco de la conversación de mis interlocutores. Inmediatamente cité para una reunión en Albacete a todos los jefes de Ejército, al de la Flota y al General Matallana, que había sido nombrado jefe de Grupo de Ejército. El General Miaja figuraba como Delegado del Ministro de Defensa y del Presidente del Consejo de Ministros, doble calidad que en vista de las dificultades de comunicación le había conferido a mi salida de Barcelona.
 
Tuvimos la reunión de Albacete, y en esta reunión los jefes militares allí congregados me hablaron de todo menos de la situación militar. La política lo había envenenado todo. La retaguardia, decían, estaba mal. De lo de la retaguardia —les dije— yo me informaré por los órganos adecuados. Yo lo que quiero es que me digan cómo están el frente y los soldados. Los soldados están bien, pero la retaguardia no. Convinieron en que la moral del Ejército era buena. Yo me pude después convencer de que ello era verdad, porque yo he visitado los frentes algunas veces de incógnito y he podido convencerme de que había un espíritu de lucha muy exaltado.
 
Estos señores se permitieron en términos apremiantes plantearme, como jefe del Gobierno, la necesidad de terminar pronto la guerra. Y yo les dije: Amigos míos; para eso estoy aquí desde hace pronto dos años, para ver cómo termino la guerra. Y las gestiones que estoy haciendo son para ver cómo podemos terminar la guerra. Y les expliqué cuáles eran las gestiones de todo género, diplomáticas y no diplomáticas para lograr una solución de paz. Pero, ¿por qué no se pide la paz? —decían ellos. Porque pedir la paz es provocar la catástrofe.
 
Yo me convencí de que el ambiente entre los jefes militares estaba enrarecido y quise cerciorarme hasta qué punto habían llegado sus efectos al Ejército combatiente, y por eso me he dedicado preferentemente en la Zona Sur a visitar los frentes, unas veces solo, otras acompañado de los jefes militares. El espíritu del soldado, según pude comprobar, era excelente. La retaguardia estaba muy cansada y hambrienta, pero el pueblo seguía a pesar de todo interesado en la lucha.
 
Por otra parte, el aprovisionamiento en la Zona Centro Sur había mejorado. Existían más reservas que unos meses antes, salvo en trigo y harina, pero se iba proveyendo y se ha seguido aún después del levantamiento casadista, porque el Gobierno de la República ha seguido abasteciendo la Zona Centro Sur hasta el último momento para sostener una resistencia que estimábamos nosotros que era nuestro deber mantener. Yo me di cuenta enseguida de que algunos jefes militares, sobre todo este señor que yo nombré jefe del Ejército del Centro y que ascendí a Coronel y después a General, estaban bastante soliviantados. Aquellos militares profesionales que se hallaban a nuestro lado por razones geográficas, en cuanto el enemigo ha comenzado a trabajarlos, nuestros enemigos en los momentos en que la fortuna no nos sonreía, han sufrido grandes cambios. 
 
El General Casado cuando llegué a Madrid trató de convencerme de que había un complot y que él estaba decidido a acabar con tales maquinaciones y que había metido en la cárcel a los que habían publicado unos manifiestos censurados. Y yo le dije: —No restaré autoridad a usted rectificando las medidas que ha tomado, pero hay que proceder con discreción con todos los partidos políticos. Tenemos que tratar de convencerlos en lugar de forzarlos. Cual no sería mi asombro cuando supe que de los dos manifiestos que había censurado el Sr. Casado, uno contenía el texto de mi discurso del día 23 de febrero en Figueras, que había estimado el Sr. Casado no respondía a las circunstancias y que introducía un elemento de perturbación. Es decir, que censuraba un acto oficial del Gobierno. Por otra parte, en la prensa publicada días antes de mi llegada a Madrid, se veía como bajo la dirección de Casado, se preparaba un ambiente para la nueva rebelión urdida por los nuevos elementos facciosos en combinación con los fascistas y algunos eternos descontentos. Y me di cuenta pronto de lo que se tramaba por una serie de indicios. En primer lugar el anhelo del Sr. Casado de que yo viviera en una casa que había preparado en el Paseo de Ronda, porque decía era muy segura. En segundo lugar se me intentó poner una guardia especial escogida por Casado. En tercer término, el Sr. Casado seguía mis pasos, no en el Centro como era su misión; sino en cualquier otro Ejército donde me moviera. Sospeché que se me quería preparar una encerrona y, naturalmente, gracias a ello, pude escapar con todo el Gobierno, de las manos de Casado. Cuando yo estaba en Madrid, el Sr. Casado procuraba venir a verme para contarme todo menos cosas del frente, y sobre todo para decirme que yo era el salvador de España, que no había tenido España un hombre como yo, que la labor llevada a cabo por mí era extraordinaria, etc. Pero por otra parte, el Sr. Casado se quejaba ante todos mis colaboradores de que yo no tenía confianza en él y que él sabía que yo le iba a destituir —en lo que nunca había pensado— que Madrid a él le quería mucho y que su desplazamiento podría producir una alteración de orden. Algún Ministro vino a contarme que sabía que yo no tenía confianza en Casado. Yo no la tenía, pero a nadie se lo había manifestado. Y es que el hombre se iba preparando el terreno. Estaba directamente asociado con otro jefe de Estado Mayor faccioso y con otros dos que hemos tenido siempre como sospechosos de facciosos. De estos dos últimos sólo acusados indicios; del primero la seguridad plena. A través de esos agentes se maniobró a Casado para convencerle de que podía obtener una paz por trato directo entre los militares de uno y otro bando. Pues bien, yo me convencí de que este hombre intentaba aniquilar la moral del Ejército y de la retaguardia. También en mí perseguía hacer nacer el desánimo y el desconcierto por medio de falsas informaciones. Ahora que, felizmente, algunos de los telegramas de información que me enviaban eran tan ingenuos, que yo busqué enseguida el medio de procurarme otras informaciones. Les voy a leer algunas frases de estos telegramas en los cuales van ustedes a oír cosas que me llamaron la atención. Un telegrama dice que se han desplazado ciento ochenta trenes a Ávila. No necesito aclararlo. No hay capacidad para ciento ochenta trenes en nuestra red ferroviaria del Centro. Pedí la rectificación y me contestaron que eran efectivamente ciento ochenta trenes. Otro caso: «Cinco aparatos Heinkel lanzan unas trescientas bombas sobre tal punto». «En el campo de Ávila hay doscientos aparatos de caza Fiat». Me decían también que en un aeródromo próximo a Madrid había unos ciento cincuenta aparatos Júnker de bombardeo.
 
Estas y otras informaciones sobre desplazamientos y concentraciones de fuerzas perseguían el desmoralizarnos y arrastrarnos ante una amenaza inminente a buscar una solución de paz en «veinticuatro horas». Textualmente me lo han dicho así en más de una ocasión. ¿Qué hacía mientras tanto el Gobierno para lograr la paz? El Gobierno después de nuestra salida de Cataluña, siguió insistiendo cerca de nuestros representantes diplomáticos para que gestionaran cerca de los Gobiernos inglés, francés y norteamericano a fin de que se presionara a los facciosos para aceptar una paz en las condiciones indicadas, o al menos, una paz que no fuera sangrienta. Necesitábamos ganar tiempo, porque si nosotros en la región Centro Sur hubiéramos ganado ocho o diez meses, cosa factible, las perspectivas del resultado de la lucha habrían cambiado totalmente y nuestra posición para las negociaciones de paz habría mejorado.
 
Y yo quiero deshacer aquí la especie lanzada y explotada de que el Gobierno español, ante las gestiones del Gobierno inglés y del Gobierno francés había puesto reparos para llegar a una solución de paz. No; solamente exigíamos la garantía de que no hubiera represalias. Pero además, tan pronto como el Gobierno tuvo noticias de que había habido una propuesta anglo-francesa de paz, se apresuró a comunicar a nuestros Embajadores en Francia e Inglaterra que confirmaba su propósito antes expuesto y que aceptaba entrar en negociaciones de paz, simplemente con la tercera condición enunciada. Y si el Gobierno tardó cuatro o cinco días en comunicar esto es porque el Gobierno se encontró bloqueado en sus comunicaciones, sin duda por el sabotaje de Casado, pues los telegramas los recibíamos con dos o tres días de retraso y algunos no se recibían. Los telegramas destinados o procedentes de Toulouse y Perpignan no los cursaron y algunos de los telegramas cruzados no han llegado aún a manos mías ni a los destinatarios que se encontraban en el extranjero. Pero de todos modos, tres días antes del reconocimiento de Franco por el Gobierno inglés recibieron nuestros Embajadores en Londres y en París una comunicación del Gobierno en la que les confirmaba una vez más nuestra aceptación de la suspensión de hostilidades si se garantizaba la no persecución de nuestros camaradas.
 
Yo debo decir con todos los respetos a las personas ausentes y a los que han sido altas jerarquías del Estado, que, a juicio mío y de todos mis compañeros de Gobierno, en el aceleramiento de este proceso de descomposición y de rebeldía militar, preparado por los militares que había en la Zona Centro, en complicidad con ciertos descontentos que han vivido al margen de los problemas de la guerra y de otros que eran traidores desde el comienzo de la guerra, la decisión del Presidente de la República de no ir a la Zona Centro Sur ha influido de una manera decisiva, como creo igualmente que ha contribuido al reconocimiento de Franco por parte de Francia y de Inglaterra.
 
Y quisiera ahora hacer la historia del momento de la salida del Presidente de la República. Creo en primer lugar que la verdad histórica y los intereses fundamentales de un país obligan, sobre todo en instantes como el presente, a decir las cosas tal y como son. Al llegar el Presidente a Peraleda me convocó con el jefe del Estado Mayor para hablar de su salida —entre otras cosas— salida que consideraba yo prematura. Eran sus propósitos atravesar por la Junquera, obturada en aquellos instantes por masas en huída y yo le expuse los inconvenientes y que era mejor ir en avión a causa del taponamiento. Pero pasaron los días, el problema de la frontera se resolvió, y estando en La Bajol el Sr. Azaña, tratamos de su desplazamiento de la zona catalana. Yo le indiqué al Sr. Azaña que el Gobierno había acordado que una vez pasada la frontera, se desplazara a la zona Centro Sur; que era una obligación que teníamos con los combatientes que allí estaban y era también, desde el punto de vista internacional, una necesidad. El Sr. Azaña me respondió rotundamente que no, que él a la zona Centro Sur no iba y yo le respondí poco más o menos en los siguientes términos: Muy bien Sr. Presidente. El Gobierno cubre su decisión de usted. Si usted no quiere ir a la zona Centro Sur diremos que el Gobierno ha acordado que vaya usted a la Zona Centro Sur, pero que se señalará el momento oportuno y que mientras tanto permanecerá usted en la Embajada de España en París. Ante la negativa del Presidente, lo lógico hubiera sido la dimisión del Gobierno. Pero quiero hacer constar que yo en muchas ocasiones he manifestado al Sr. Azaña, en los términos más amistosos, que si había alguna solución que fuera más conveniente para el fin de la guerra, yo daría toda clase de facilidades. Y en una ocasión, siendo el Sr. Prieto Ministro de Defensa Nacional y ante propósitos que se anunciaban, yo le dije incluso que podría prepararse la cosa de tal manera, que si se estimaba que era otra persona la que debía ocupar la Presidencia del Consejo de Ministros, yo mismo me encargaría de llevar las negociaciones de un cierto modo para que el Sr. Prieto o la persona que fuera, ocupara la Presidencia del Consejo.
 
Nunca he querido colocar al Jefe del Estado ante hechos consumados o ante callejones sin salida. Pero era un instante aquél en que yo no podía forzar al Sr. Azaña a tomar una resolución, ni podía tampoco dejar en descubierto al Jefe del Estado, y menos aún abandonar mi puesto, porque ello hubiera sido una deserción. Aquella misma noche se escribió por el Sr. Ministro de Estado una carta al Sr. Embajador de Francia en España, anunciándole que el Presidente, por acuerdo del Consejo se iba a marchar a la zona Centro Sur, pero hasta que se señalara el momento de su viaje y el lugar de su residencia, permanecería en la Embajada de España en París, y se rogaba se le dieran facilidades en su viaje. Una vez que llegué a la zona Centro Sur me convencí de que el viaje, que parecía lleno de dificultades, no ofrecía tanto riesgo y entonces insistí repetidamente cerca del Sr. Azaña, a través de nuestra Embajada, para que viniera a la zona Centro Sur, pues consideraba imprescindible que estuviera allí el Jefe del Estado, incluso para que se adoptara, si era preciso, otra solución de Gobierno.
 
A los tres o cuatro días de estar en Madrid, llegaron a verme algunos Ministros y me informaron de que en una reunión del Frente popular local se habían declarado incompatibles con el Gobierno. Esta Junta formada en general por gente de escaso relieve político, estaba manejada por Casado. Dije que en estado de guerra no estaba dispuesto a admitir semejantes desplantes, pues no cabía admitir semejantes actitudes por parte de Comités locales o provinciales. Los partidos podían adoptar las posiciones que estimaran pertinentes y de ellas sacaría las consecuencias políticas el Gobierno; pero que si organismos que no tuvieran una representación nacional se enfrentaban con el Gobierno presentando un ultimátum los metería en la cárcel. Entonces el Sr. Blanco me dijo: Amigo Negrín, es usted injusto; no debe usted proceder de esa manera; porque el Partido Comunista ha acordado que la posición del Gobierno tendrá que ser examinada y aprobada o desaprobada por su buró político. Llamé al Sr. Uribe por teléfono, le pregunté qué es lo que había pasado en el Bureau político del Partido Comunista y le comuniqué: Necesito que me diga usted si se ha tomado este acuerdo. Porque si esto es así, yo detengo esta misma noche al Buró político del Partido Comunista y mañana estarán ante el Tribunal Permanente. Uribe se mostró extrañado y rechazó con indignación la imputación. Y aquí está la Sra. Ibárruri que vino también más tarde muy indignada a decirme que cómo podía yo pensar eso. Yo le manifesté que el Gobierno habría de proceder con igual firmeza con quien quiera que saboteara su obra y en aquella conversación logré de los representantes del Partido Comunista que me aseguraran que si yo estimaba que para la solución de la guerra era preciso que se produjeran cambios políticos, no habría ningún inconveniente por parte de ellos para esos cambios políticos, fueran cuales fueran. Y me añadieron que ellos no podían ser un estorbo. Es decir, que yo había estado preparando, como es obligación en un jefe de Gobierno, que yo había estado incluso preparando otra posible solución política, si eso convenía más a los intereses del país y de la nación. Yo no he sido nunca ningún obstáculo para que el Jefe del Estado pudiera cuando lo estimara conveniente cambiar la situación política. Y si yo lo hubiera hecho y a mí se me hubiera tolerado semejante cosa, no sé quién habría cometido más grave falta, si el que se permitiera semejante manifestación ante el Jefe del Estado o el que lo hubiera tolerado.
 
En vista de los telegramas que yo recibía del Sr. Vayo, del Sr. Azcárate y del Sr. Pascua, y otras noticias procedentes de otras fuentes, me dirigí al Presidente de la República en nombre del Gobierno por medio de un telegrama en el que le exponía las razones por las que estimaba necesaria su presencia en España, instándole al cumplimiento de su deber de una manera apremiante. Yo me he permitido dirigirme a S.E. en estos términos de firmeza después de cuatro o cinco telegramas en que había rogado al Presidente que viniera a la zona Centro Sur. Yo había advertido al Sr. Presidente de la República del riesgo de que fuera Franco reconocido, por su ausencia, así como de la impresión falsa que se daba de discrepancia entre el Jefe del Estado y el Gobierno, falsa porque si tal discrepancia existiera —que no existía— yo daba todo género de facilidades para otra solución política. Por la obstinación del Sr. Azaña, se produjo entre los mezclados en el complot de Madrid una sensación de debilidad del Gobierno que favoreció el golpe de Estado.
 
Dos días antes de la salida del Gobierno de la zona Centro Sur, nos vimos obligados a tomar una serie de medidas de precaución contra una serie de movimientos subversivos de los cuales teníamos noticia. Uno de ellos fue el de Cartagena. A mi llegada a Valencia, el mismo día en que yo llegué a la Zona Centro Sur, tuve una entrevista con el jefe de la Flota y éste me dijo que la Flota estimaba que ya no era necesaria en Cartagena, que estaba expuesta a bombardeos y que no existiendo ya la zona de Cataluña, soportar los bombardeos era muy desagradable y había que hacer la paz. Yo les expliqué el problema y les hice ver que ellos no podían hacer una cosa semejante y que todos los combatientes consideraban la Flota como una seguridad para el caso de una evacuación y que además para importar los elementos necesarios para la lucha, necesitábamos conservar la Escuadra. Dos días antes del levantamiento de Madrid yo recibí noticias del Gobernador de Murcia y del Jefe de la Base Naval de Cartagena, anunciándome que se preparaba en Cartagena un levantamiento. Los complicados estaban de acuerdo con la escuadra; su plan era el siguiente: Salida de la escuadra a alta mar; dirigirse al Gobierno pidiendo la paz o su dimisión y ante ese ultimátum, el Gobierno si no quería perder la escuadra, se vería obligado a ceder o a marcharse. Yo tomé entones la determinación de mandarle fuerzas al Jefe de la Base Naval, hombre leal, pero débil, que me dijo: —Yo no puedo con esto; esto supera mis fuerzas. Pensando en buscar a un jefe que fuera militar profesional que hubiera dado pruebas de lealtad, y buscando además a un hombre que fuera compatible con el jefe de la Escuadra y el comisario de la Flota, Sr. Alonso, designé al Teniente Coronel Galán, del cual me dijeron que era amigo personal del Comisario de la Escuadra. No se encontró en aquella zona otra persona, entre aquellos militares profesionales, que pudiera inspirarnos confianza en aquellos instantes y del que pudiera parecer asegurada su lealtad. Había que mandar además las fuerzas necesarias para el caso de que se produjera una sublevación, y se puso una brigada en marcha hacia Cartagena; pero con el fin de evitar cualquier mala inteligencia envié antes al Comisario General de Defensa, Sr. Ossorio y Tafal amigo también personal del Sr. Alonso. El jefe de la Escuadra y D. Bruno Alonso dijeron al Sr. Ossorio y Tafall que si iba una brigada se consideraría como desconfianza para la Escuadra y que la Escuadra saldría inmediatamente. Y el Sr. Ossorio y Tafall, bajo su propia responsabilidad, dispuso que las fuerzas que iban a entrar aquella noche en Cartagena se quedaran a unos treinta kilómetros de aquella población. Si hubieran entrado en Cartagena, la sublevación no se habría producido, pero la Escuadra se habría marchado tomando como pretexto el que se había mandado allí unas fuerzas militares. Las fuerzas no entraron y la Escuadra no se marchó, pero se sublevaron los de tierra. Sabíamos el carácter faccioso-franquista que tenía la sublevación y efectivamente los sublevados izaron banderas monárquicas; se anunciaron por radio «Aquí la Radio nacional. ¡Viva Franco!». Se envió la brigada y reclamé la presencia del General Casado en el Cuartel General. Catorce horas estuve en el teletipo tratando de conseguir que llegara el General Matallana, que por fin llegó. Durante este tiempo se había reconquistado Cartagena. Matallana me confesó que circulaba el bulo que todos habían creído, de que al llamarles al Cuartel General era con el propósito de fusilarles. Eso era lo que había puesto en circulación Casado. Estábamos los Ministros cenando con el General Matallana y otros Jefes, cuando nos enteramos de que la radio de Madrid anunciaba la sublevación que confirmó Casado por teléfono.
 
El Gobierno empezó a tomar medidas para ahogarla. La hubiéramos podido ahogar inmediatamente si no nos hubiéramos encontrado aislados, porque el Ejército estaba con el Gobierno. Salvo los mandos militares complicados en el movimiento —el Jefe de la Flota, el Jefe del Ejército de Levante, el Jefe del Ejército de Centro— todos los demás estaban con el Gobierno. Los Ejércitos de Andalucía y Extremadura estaban también a nuestro lado, pero el desplazar unidades de Andalucía o de Extremadura, dados los escasos medios de transporte, era absolutamente imposible. Y no tenía más comunicación que con el Ejército de Levante, que dijo que si se hacía algo contra el Ejército del Centro, desguarnecía los frentes y los entregaba a los facciosos. Se dieron instrucciones a la aviación para bombardear el puesto de mando de Casado. Pero al día siguiente nos encontramos con que en las provincias de Alicante, Albacete, Murcia y Valencia, todas las fuerzas con que el Gobierno contaba eran ochenta guerrilleros que constituían la guardia de los Ministros y del Presidente. Estaban tomados por las manos rebeldes todos los mandos militares de las provincias, y el Gobierno no tenía posibilidades de comunicar ya con nadie. Nuestros emisarios eran detenidos y ya sabíamos que se estaban tomando los controles de las carreteras para que el Gobierno no saliera, porque lo que se quería era coger al Gobierno en una ratonera. Estábamos a dieciocho kilómetros de Alicante y tuvimos que pasar a la fuerza por esos controles para llegar al aeródromo de donde salimos a las tres de la tarde.
 
Cuando se vio que no se podía hacer nada en contra del movimiento, sin producir el hundimiento de los frentes, el Gobierno reunió a todos los representantes de los Partidos y les dijo: Es preciso que ustedes hagan saber a todo el mundo que hay que seguir como si el Gobierno siguiera aquí.
 
Casado, Matallana, el Jefe de la Flota y el General Miaja, habían estado en mi Cuartel General tres días antes del levantamiento y allí les había expuesto cuál era el contenido del discurso que había de pronunciar el lunes. La sublevación se precipitó para no quedarse sin bandera.
 
 
Esto es lo que se había tramado y se había engendrado en la otra zona. Me alegro mucho de haber tenido ocasión de hacer esta exposición ante ustedes en el día de hoy, aunque en realidad mi propósito fue hacerlo a mi llegada. Sin embargo es preferible que ya se haya consumado en la otra zona lo que tenía que consumarse, antes de que yo dijera nada que pudiera servir de pretexto para pensar que se debilitaba la resistencia o el espíritu de lucha, que era lo único que podía permitir salvar a nuestros amigos.
 
Desgraciadamente lo que ha sucedido es una lamentable prueba de que la política del Gobierno era la única que se podía seguir. Quien se entrega a la merced de un enemigo sin compasión ni espíritu de clemencia, ya se sabe siempre que está perdido, y nosotros no estábamos obligados a entregarnos. Aún podíamos resistir y aguantar y ésa era nuestra obligación. Era obligación y necesidad el quedarse allí para salvar a los que ahora van a pasar a campos de concentración o van a ser asesinados.
 
Después de leídas las cartas que ha leído el Sr. Presidente de las Cortes, comunico a ustedes que quizá otro de los telegramas que han sido saboteados, bien remitiéndonoslo tarde o no remitiéndonoslo, ha sido el telegrama en que el Gobierno le comunicaba al Presidente de las Cortes su respuesta, aprobada por unanimidad por los Ministros. Y no sé si ha recibido la respuesta.
 
El Sr. PRESIDENTE: No se ha recibido. Yo la conozco por las manifestaciones del Sr. Negrín y por cuanto me ha dicho el Sr. Giner de los Ríos.
 
El Sr. NEGRÍN: El Gobierno, en resumidas cuentas, comunicaba al Sr. Presidente de las Cortes que desde luego estaba conforme con los acuerdos respecto a la necesidad de ir rápidamente a la paz con el enemigo, siempre que no existieran persecuciones ni represalias, que ésa era la política que en los últimos tiempos venía realizando de manera ostensible y manifiesta el Gobierno y que estaba dispuesto a seguirla realizando y la suscribía; pero que por otra parte se ponía a la disposición del Sr. Presidente de la República para facilitar cualquier cambio de política o Gobierno que el Sr. Presidente de la República estimara pertinente.
 
En resumidas cuentas, lo que allí ha sucedido es un fenómeno complejo en que, sobre una base natural de descontentos por parte de determinados elementos, sobre un encono político más o menos inconscientemente elaborado y aprovechado, sobre el infortunio de la pérdida de Cataluña y la marcha desgraciada de la guerra, se había injertado una maniobra del enemigo y de unos traidores. Cuando empezaron a marchar mal las cosas, quizá por la ambición de un militar atrabiliario y, por idiosincrasia, propicio a la traición, vanidoso y soberbio; por la ingenuidad de algún jefe militar reputado, que por no hallarse a nuestro lado desconocía que lo que nosotros queríamos precisamente era evitar que corriera riesgo su vida; por las presiones de algunos sectores que, quizá por haber vivido al margen de la gestión del Gobierno y de la realidad de los hechos, estaban dispuestos a dar salida a unos enconos y a un resentimiento reconcentrado; sobre todo eso se ha fraguado un movimiento cuya dirección suprema evidentemente han llevado nuestros enemigos y que ha conducido a una derrota, por lo menos prematura, porque aún teniendo una derrota militar, si la hubiéramos tenido, nunca hubiera sido en los términos de catástrofe y de vergüenza en que se ha producido la derrota de esta República acaudillada por la Junta facciosa. Estos son los hechos. El Gobierno ha cumplido con su deber. Lo cumplió cuando cogió en sus manos una cosa perdida; lo cumplió cuando, hace aproximadamente un año, supo dar nuevos alientos a una lucha que ya se consideraba llegada a término. A nuestro juicio, lo ha cumplido procurando que la retirada de Cataluña irremediable —porque estábamos ante unas fuerzas superiores— se hiciera en debida forma. Lo cumplió yendo también, como era su obligación, a la otra Zona y tratando de frustrar las maniobras que allí se habían preparado, y tratando —cuando allí se encontró ante una cosa que había madurado y que no se podía contener— de limitarla y procurando hasta darle una salida aparente, legal y constitucional, como prueban estos telegramas, como prueban las instrucciones que el Gobierno dio a los Partidos. Y lo sigue cumpliendo ahora que se encuentra con una gestión de la que tiene que dar cuenta y quiere dar cuenta, y mientras no exista el órgano que con todos los requisitos constitucionales pueda discutir la responsabilidad de esta gestión, desea darle cuenta a aquellos órganos que por su representación política es conveniente y necesario que estén enterados, aún en estos momentos en que el Gobierno sabe que su gestión no puede tener una solución de continuidad; cuando menos quiere que se conozca esta gestión, que tendrá que tener un sucesor y que no va a ser naturalmente la Junta de Franco, sino el aparato administrativo y gubernamental que es de esperar que se constituya algún día en España. Porque cuando un Gobierno se va y viene otro, se hace lo que se llama la entrega de poderes. Pero la entrega de poderes no es el acto formulario de estrecharse las manos y pronunciar un discurso, sino que es la entrega de todo el aparato administrativo para que no haya una cesación en la continuidad de los negocios del Estado y para que todo el bagaje por el cual se puede juzgar y se puede responsabilizar a los que hasta aquel instante han estado al frente de los asuntos del Estado, quede en manos de un órgano normal de Gobierno y de la Administración.
 
Ante Ustedes, comparezco con mucho gusto para dar esta sucinta cuenta de lo que ha sucedido, para tratar además de los propósitos que el Gobierno tiene, de la labor que cree que es indispensable realizar en pro de nuestros desventurados compatriotas, de los medios con que aspira a poder contar para realizar esta labor, y para, con el consejo —yo no pido un reparto de responsabilidades— con el asesoramiento y la opinión esclarecida de ustedes, ver si nuestra tarea puede ser más eficaz y más útil para los que se encuentran en la miseria. Y esa labor la quiere hacer el Gobierno con todos los organismos y todas las organizaciones. Hay una cosa concreta a hacer, que es el remedio de la miseria de nuestros compatriotas y la utilización de una serie de fuerzas que serán indispensables para el día de mañana en la República y que es preciso mantener coordinadas y vivas y que es preciso no dejar desperdigadas y que, dentro de los medios posibles, es obligación para los que tienen ciertos resortes del poder, de mantener vivas.
 
El Sr. NEGRÍN: Yo estoy dispuesto, en la reunión de amigos aquí presentes, a darles toda clase de explicaciones, pero yo desde luego me reservo el derecho de discutir la legitimidad de esta reunión en este sitio y en este instante. Y como yo no quiero, con mi presencia, coaccionar las determinaciones que ustedes tomen, ni sancionarlas tampoco con un asentimiento tácito, yo, después de dar a ustedes todas aquellas explicaciones y aclaraciones que estimen pertinentes, me permitiré ausentarme de esta reunión. (...)
 
[Se suspende la sesión del día 31 a las 7.30 minutos. Se reanuda el 1 de abril a las 3.30 horas]
 
El Sr. NEGRÍN: Yo no quiero embarcarme en el terreno de las consideraciones jurídicas y políticas que se han hecho aquí. Es un terreno para mí muy peligroso. Voy a tratar de una cuestión concreta que es la siguiente. Yo no creo haber dicho, y si lo he dicho no refleja mi pensamiento ni el del Gobierno, que yo niego personalidad a la Diputación Permanente ni que no existe la Diputación Permanente. ¿Cómo voy a negarlo? Mañana desaparece el régimen de Franco en España y la Diputación Permanente, en Barcelona, en Madrid o en cualquier terreno del territorio español, tiene la obligación de actuar inmediatamente. Yo lo único que he dicho es que carece de función la Diputación Permanente fuera del territorio nacional. Del mismo modo que yo no admito que se diga que el Gobierno no existe. No bastaría con que yo lo dijera siquiera; eso sería simplemente lavarse las manos. Evidentemente el Gobierno no tiene función de Gobierno. Tiene otras funciones que realizar que no son las funciones corrientes del Gobierno. Ahora hemos de ver si el Gobierno puede asumir la responsabilidad política de ser algo más que un simple depositario, dada la situación de un sin fin de compatriotas nuestros. Y no me refiero a numerario, sino a documentos que tienen más valor. Ni de una cosa ni de otra puede disponer el Gobierno donde Franco está reconocido. Ahora bien, ¿cuál ha sido el plan y el propósito del Gobierno a este respecto? Por egoísmo y por conveniencia, el Gobierno no ha querido, aprovechándose, de una situación de hecho, decir: Bueno, aquí somos dueños y señores. No tenemos quien nos pueda exigir responsabilidades de ningún género, y por lo tanto haremos lo que nos plazca. Nuestra preocupación constante ha sido la de ver cómo puede habilitarse el medio y el sistema para realizar esto sin complicaciones. El Gobierno, allí donde puede actuar dentro de la legalidad, tiene que ser siempre un Gobierno con una facultad ejecutiva que nuestra Constitución le da y que en estas circunstancias tiene que ser mucho más acentuada. Nuestra preocupación ha sido la de tratar de ver qué es lo que se podría hacer a favor de nuestros emigrados y de nuestros perseguidos, como hemos tratado de seguir nutriendo y alimentando a la Zona Centro Sur, y como hemos procurado enviar barcos para sacar gente de la Zona Centro Sur en estos instantes, y hemos enviado carbón, trigo, carne congelada en estos últimos tiempos. Pero había el problema sangrante de los pobres infelices amenazados —yo no digo que todos, pero gran parte de ellos— por la persecución en la zona franquista y de los que tenemos que preocuparnos, elaborando un sistema y un procedimiento eficaces. Decía el Sr. Santaló: bueno y ¿qué medios hay para eso? ¿hay medios suficientes? No; no hay medios suficientes. Si todo el mundo estaba asombrado hace dos años de que aún tuviéramos nosotros divisas para sostener la guerra. Si hay gente que hace año y medio estaba haciendo campaña derrotista diciendo: «No es posible que haya dinero ni divisas». ¿Cómo es posible que nosotros dispongamos de un tesoro? En los países en que Franco está reconocido, no podemos contar con más medios que los que procedan de la Ayuda Internacional. El Gobierno está deseoso de poner en conocimiento de personas que tienen, no autoridad jurídica y constitucional para saberlo, sino una autoridad moral, que no es que yo les confiera, sino que les reconozco, los medios de que se dispongan. Y nuestra dificultad está en buscar la manera de eslabonar esta responsabilidad política, de que haya un conocimiento, una responsabilidad, un asesoramiento. Todo lo que signifique esto, fiscalización, corrección, incluso una sanción de tipo moral, ¿qué duda cabe que la deseamos?
 
¿Qué medidas ha tomado hasta el presente el Gobierno? Cuando nosotros salimos de Cataluña, yo encomendé a dos personas —por una circunstancia fortuita, por sus cargos, al Sr. Zugazagoitia por ser Secretario General del Ministerio de Defensa y al Sr. Méndez, porque fue nombrado Cónsul General en Perpignan, que atendieran en lo posible a la gente más necesitada y de enviar a la zona central a aquellas personas que eran útiles e indispensables para la continuación de la guerra.
 
Al llegar a París una parte del Gobierno se rogó por el Ministro de Hacienda al Sr. Martínez Barrio, por su personalidad de Presidente del Parlamento y al mismo tiempo por ser Presidente del Comité de Ayuda a España que procurara ayudar a esta especie de comité o comisión, pero por lo que yo he visto no se llegó a ninguna cosa concreta ni precisa y surgieron dificultades en la marcha y funcionamiento de este comité o comisión y al llegar yo aquí me di cuenta de que habían surgido, de una manera injustificada, pero habían surgido, una serie de recelos, creyendo que había una acción personal o partidista, y mis compañeros de Gobierno y yo estimamos que era conveniente crear un aparato administrativo con una responsabilidad en su gestión administrativa ante el Gobierno, y al mismo tiempo una junta controladora, fiscalizadora que tomara las decisiones, no en la orientación política, sino en las propuestas concretas que pudieran presentarse por el aparato administrativo, en la que entraran y participaran todos los partidos políticos del que hemos convenido en llamar Frente Nacional. Y al mismo tiempo se rogó a los Gobiernos autónomos que dieran dos representantes. De lo que se trataba era de crear un pequeño aparato fiscalizador que cuanto mayor fuera, menos posibilidades de fiscalización tendría y menos labor de eficacia efectiva.
 
Al frente de esa oficina hay personas de lealtad y confianza. La misión de esta Junta, a nuestro juicio, había de ser prácticamente sin límites dentro del cuadro que le compete a la función de una Junta rectora de un organismo ejecutivo y administrativo.
 
A mi juicio, debe la Diputación Permanente estar en contacto con el Gobierno por medio de una representación y colaborar con el Gobierno y decirnos si las medidas que el Gobierno toma son las adecuadas o no, e incluso, que pueda quedar la constancia de que ha habido una discrepancia. Si la Diputación Permanente quiere contribuir a ello, creo que sería una labor conveniente y patriótica, porque nuestra misión no ha terminado por el hecho de que nos hayan echado de las fronteras de nuestra patria. Tenemos una responsabilidad grande con respecto a los que están fuera y a los que están dentro. Y tenemos también una función política que realizar.
 
En la cuestión referente al régimen a seguir con los Sres. Diputados del Parlamento, eso es una cuestión de su competencia únicamente. Eso no lo puede hacer el Gobierno. Eso han de decirlo ustedes, y yo rogaría a ustedes que ni siquiera se hiciera eso en la presencia del jefe del Gobierno, porque eso sí que sería mermar el prestigio y la autoridad de la Diputación Permanente. A ustedes les corresponde la decisión, como les corresponde la responsabilidad política de lo que acuerden.
 
 
 
(2) Demuestra la veracidad expuesta de lo ocurrido. Enviado a Martínez Barrio por medio del embajador Marcelino Pascua. Documento original. Archivo de la Fundación Juan Negrín 

 

 

 

 

(1) Intervenciones ante la Diputación Permanente de las Cortes reunida en París 31 de marzo y 1 de abril de 1939 (1) Viernes, 31 de marzo de 1939, págs. 2, 5-14; sábado, 1 de abril de 1939, págs. 28-29

 

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